Otro cuento en base a una canción, esta vez de Alejandro Dinamarca. Está esrito medio difícil
Uno tiende a creer que una fábrica se limita a reproducir montoncitos de materia hasta el entumecimiento y no da lugar a reacciones humanas. También uno tiende a creer que fábricas y arte simplemente van por caminos paralelos, que tienen que ver lo que un radiador y una esmeralda. Pues bien, las paralelas sí se cruzan en el infinito y hoy, radiadores y esmeraldas se cruzan en Zimmerman & Co., fábrica de acordeones.
Cerca de ahí e inexorablemente, un acordeonista da ritmo al paisaje portuario y un muy buenos días a todos los obreros. Juan ya está en la fábrica. El acordeonista saluda sin respuesta a Eva, que se escabulle para empezar tarde su jornada. A ella la citan de la pecera, pero Juan ya está en su puesto, ¿Qué lo puede perturbar ahora? Sin querer, convoca la respuesta, que no lo deja trabajar… no tiene con qué: la cinta transportadora no transporta nada. ¿Qué está pasando? “Última llegada tarde, la próxima no se moleste en entrar” Eva sale de la oficina y respira profundo. ¿Que qué esta pasando? Es ese imbécil de Rodríguez que se fue otra vez y trabó la cinta con las revistas que siempre deja en cualquier lado. En la zona del desastre hay restos de acordeones que se caen, rompen y apilan en el mismo espiral. Por allá, Rodríguez aparece poniendo la petulancia como escudo; Juan, indignado y con los brazos largos de fuelles, le escupe el Qué-haces-animal. Ahí mismo una ráfaga de gritos, que nadie diría que son palabras, se arremolina con los manotazos y una trompada bien puesta derrumba el escudo de petulancia… y todo lo demás.
Desde su pecera, el pelado amo y señor ve sólo este desenlace y gira sobre sus talones hacia sus administrativos y sobrino. Eva observa desde abajo de la escalera cómo ese chupamedias baja y va a buscar a Juan para ponerle una mano premonitoria en el hombro.
Ya en la oficina, el mayor de los peces gordos tira la cadena y Juancito se quedó sin trabajo. Escaleras abajo, él ve venir a Eva con toda su cara de preocupación, pero la rebota y ella baja de un empujón lo que resta de escalones. El dolor y la vergüenza terminan de lanzarla a la salida. Él se desaturde y entonces ambos igualan condiciones: pared por medio, es el mismo sentarse en el suelo, desbastado. Juan decide buscar algunas cosas antes de abandonar el lugar. Eva simplemente se va.
En la huida lenta, ella nota que el acordeonista hoy trajo a un amigo que ahora está tocando el violín. Se detiene a escuchar, pero se larga a llorar pellizcada vaya uno a saber por qué compás y es el acordeonista quien se dispone a escuchar ahora. Pide licencia a su invitado y la lleva a caminar por el muelle.
Minutos, horas. Ni Juan, ni Eva tienen idea de cómo agruparlos. Uno por buscar, otro por encontrar. Él busca trabajo, busca recopilar los hechos, busca a Eva, a su Eva, (pero por qué, si no merezco ni estar frente a ella). En algún momento anocheció y él no sabe que al esquivar esa disputa, está tomando el camino pisado hace un rato por un acordeonista y una mujer resurgida. Ella encontró: encontró un oído, un cambio, una esmeralda entre tanto radiador; se encontró a sí misma disfrutando de una brisa marina. El acordeonista la escucha rozando el agua con los pies y sonríe. Se sentaron frente a un bar, pero en la zona preferencial, dice él: junto al agua, fuera de las mesas y los mozos.
Por una vez en el día, Juan encuentra. Casi no la reconoce, tan traslúcida que está. Se acerca escrupuloso a Eva, mientras se convence de que la pesadilla no fue real pero se despierta golpeando al músico. Sólo lo frena la mirada de ella…. La mirada y el empujón (otro empujón). Juan tiene las piernas cansadas de tanto buscar, así que no puede evitar el atropellar una mesa y a todos los que están ahí. Viendo
como abajo del agua la erupción parroquiana, comienza a correr y se olvida de tanta búsqueda. Por su parte, Eva y el acordeonista ya retomaron la charla, entonces el parroquiano salpicado y vengativo debe acercarse más de lo pensado para asustarlos. Mientras tanto, Juan sigue corriendo. Cree haber perdido los pisotones que lo seguían, pero por las dudas entra en un edificio abandonado… que en realidad es un conventillo miserable. Una prostituta se le acerca impactante, con los movimientos premeditados. Quizá un cambio de palabras, pero de inmediato ella le toma la mano y lo arrastra escaleras arriba, esquivando bultos de todas las castas. La puerta se abre al tiempo que el acordeón se rompe allá abajo en el bar. Los movimientos son los mismos. Las escenas compiten en esa violenta necesidad de revancha y de no pensar. Empujón, una mujer gritando, otro empujón, bufidos, ropa hecha jirones y todos al piso, forcejeando. La única diferencia es que Juancito, ciego por una catarata de emociones, vislumbra a través de la ventana cómo todos abajo se dispersan y Eva ya no está. Pero a él no le importa, tiene que expulsar la carga de ese día y por eso los que golpean la puerta para ver si Perla está bien, son ignorados. Que el acordeón en el agua busque a Eva.