Durmiente

A las otras Flourchis, para que no pierdan la razón de existir, que en todo caso no tengan razón de ser Flourchis.




Portazo. Ella se encierra en su cuarto y descansa en la puerta. Golpes, gritos y patadas la reclaman del otro lado. Ella deja caer su cuerpo, una media res, y se sienta trabando los pies contra la puerta y para ser ella misma un tope, como siempre. Los golpes y los gritos se enfurecen frente a su ausencia. Para repelerlos, para evitar que la inunden, grita también y se golpea la cabeza. Así hará de su cabeza un lugar inhóspito en el que solo sus gritos llenen todos los pasillos de su castillo. Así se marchitó, así su habitación la lamentó oscureciéndose.
De pronto una luz azul la encandila en esa misma habitación de oscuridad mohosa. Están frente a frente y Ella la sigue. Al hacerlo, atraviesa lo que antes era su cuarto y que ahora es una jungla de objetos que la lamen y que la abruman. Después avanzará por un cielo derrotado por las luces de la ciudad.

Abajo. El padre, iracundo, irrumpe en la habitación y rompe todo ¿Busca a su hija dentro de las cosas? En el comedor, una luz miserable y fluorescente ilumina a la madre en una banqueta, también miserable, pero menos fluorescente y mas impotente. La señora se acerca a su marido e intenta decir algo, pero él la calla con una gran muñeca por los aires. El golpe en la cabeza suena mudo. Llorando en el piso, la mujer toma la muñeca para abrazarla y consolarla.

Más allá. Algo calmada, Ella desciende y todo alrededor se funde. Esa luz que la guiaba se hace más nítida pero se aleja. El panorama se clarifica, a lo lejos se distingue un andén. En un paisaje cada vez mas real, Ella se arrodilla y le pide a aquella luz que no la abandone con lágrimas que le rasguñan la cara. Pero cuando la luz por fin está volviendo a su abrazo, un susurro en el oído la fascina y tira de ella con gran suavidad. La hace levitar, la maneja como una hoja seca, como una bolsa de basura vacia. La luz pasa por debajo, mientras Ella se arremolina al ritmo de aquel sonido, que se transformó en una bocina y ahora la aturde y despierta a la vez.
Ella hace un esfuerzo por ver que pasó ahí abajo. Y se ve a sí misma, o a lo que decidió abandonar de sí misma, descansando con el resto de los durmientes.