NOTA: éste, al igual que La bella durmiente, en realidad es un cortometraje más o menos hecho cuento.
Como la mayoria de los cortos que escribo, surge de una canción; de ahí el título: Starless, de King Crimson.
El que la pueda escuchar mientras lee se lleva un chupetín porque costó años este parto.
Ah! para escuchar la canción. Aunque tiene 1:50 min menos que el original.
Es de noche, la luz es poca y parece plateada por la humedad. Un hombre camina por la calle donde el único movimiento lo da la luz del patrullero que vigila la zona.
Casi llegando a una esquina, empieza a cruzar la calle cuando oye golpes y gritos en el primer piso del último edificio, la puerta de calle que se abre y alguien que sale corriendo. Medio sorprendido, medio ciego, lo único que atina a hacer es correr. Correr tras ese otro.
En la vereda resbalosa los borcegos del otro chillan como cerdos en faena y Él sólo sigue ese sonido, porque el cerebro no le permite nada más. Es que no está ciego, todo lo contrario: Él ve con toda claridad cómo fue que los borcegos entraron al departamento, cómo treparon la escalera y entraron sigilosamente, qué estupidez con esa clase de zapato. Las luces de los vecinos se fueron prendiendo, más como espías que como socorristas, pero Él corre, corre. Y el otro chilla. Y los edificios no son más que una ráfaga y la pesadez de ese departamento se mece en la ráfaga y lo instiga a correr. Quizás el mismo horror lo llevó al límite de sí mismo, pero al estar cerca del río, sube al puente a oír su murmullo, a que el río le explique qué hace persiguiendo esos borcegos y cómo se saca de la cabeza estas imágenes. El patrullero de la zona lo distrae de su meditación, justo para ver otra vez esos borcegos corriendo por una pasarela alta que hay enfrente. Fuera de sí otra vez, sale a la caza del chillido de cerdo. "Cagaste" piensa cuando lo ve entrar en una fábrica abandonada en la que él había trabajado y que conocía perfectamente. La fábrica está muy oscura. No siente borcegos por ningún lado. Sigiloso, ávido como nunca, recorre el lugar, conciente que el Otro lo ve, lo está viendo y se mueve diametralmente. Se huelen. Se miden. Se recriminan. El ataque a esa mujer flota entre ellos; se desfigura y vuelve a su forma original. Pero Él ya está cansado, ya no ve esas imágenes con claridad, de hecho le parece ver como un haz de luz pasando por la cara de esa mujer. Sentado, desconcertado, en realidad es en su cara que pasa el haz de luz. En su cara y en todo el lugar, porque la policía se ve que lo vio y lo vino a ayudar. No, se equivocan señores, no es a mí, suéltenme. Allá adentro, el de los borcegos. Alguien lo tuvo que haber visto. Lo vengo siguiendo desde…
Pateado en el culo por la fuerza pública, entra en una celda que parece adherírsele al cuerpo. Pero él lucha por sacársela de encima. Camina, camina, camina. Camina y piensa, camina y huye. Y no puede huir. Sólo ve en flashes los últimos momentos de esa mujer que además cree haber visto en algún lado, sólo la ve cada vez más derrotada, más golpeada, ya sin fuerza para pelear. Siente su desteñimiento en la propia piel, en las manos y en la cara, es como si él mismo chorreara lo que chorreó ella. El mismo cae como cayo ella. Y ahí lo ve. Otra vez esos borcegos, ahora tan cerca de él. Son los suyos (tu tuc-tu tuc el corazón) son los suyos. Y ahí siente cómo la muerte le acaricia la espalda, comadronamente (tu tuc tu tuc tu tuc). Y rebobinando la historia, ahora puede ver la película entera (tuctutuctutuctutuc), exactamente lo que vio al comienzo de la noche pero ahora el protagonista es él, que otra vez llega tarde a casa y otra vez la mujer está harta y otra vez cocinó y limpió y trabajó al pedo y otra vez discuten y otra vez se hieren y rebolean cosas, pensando que la rutina enjabona los insultos o da derecho a subir la apuesta… otra vez. Pero no, es imposible vaselinar las palabras, ella nunca lo entendió. Mucho menos los golpes, él tampoco lo entendió. Hasta ahora. Apenas iluminado por la luz callejera también atrapada entre los barrotes, llora acariciando una cabeza que tenía entre sus brazos hacía apenas una hora. Y su corazón sobreexigido llega al límite.
Casi llegando a una esquina, empieza a cruzar la calle cuando oye golpes y gritos en el primer piso del último edificio, la puerta de calle que se abre y alguien que sale corriendo. Medio sorprendido, medio ciego, lo único que atina a hacer es correr. Correr tras ese otro.
En la vereda resbalosa los borcegos del otro chillan como cerdos en faena y Él sólo sigue ese sonido, porque el cerebro no le permite nada más. Es que no está ciego, todo lo contrario: Él ve con toda claridad cómo fue que los borcegos entraron al departamento, cómo treparon la escalera y entraron sigilosamente, qué estupidez con esa clase de zapato. Las luces de los vecinos se fueron prendiendo, más como espías que como socorristas, pero Él corre, corre. Y el otro chilla. Y los edificios no son más que una ráfaga y la pesadez de ese departamento se mece en la ráfaga y lo instiga a correr. Quizás el mismo horror lo llevó al límite de sí mismo, pero al estar cerca del río, sube al puente a oír su murmullo, a que el río le explique qué hace persiguiendo esos borcegos y cómo se saca de la cabeza estas imágenes. El patrullero de la zona lo distrae de su meditación, justo para ver otra vez esos borcegos corriendo por una pasarela alta que hay enfrente. Fuera de sí otra vez, sale a la caza del chillido de cerdo. "Cagaste" piensa cuando lo ve entrar en una fábrica abandonada en la que él había trabajado y que conocía perfectamente. La fábrica está muy oscura. No siente borcegos por ningún lado. Sigiloso, ávido como nunca, recorre el lugar, conciente que el Otro lo ve, lo está viendo y se mueve diametralmente. Se huelen. Se miden. Se recriminan. El ataque a esa mujer flota entre ellos; se desfigura y vuelve a su forma original. Pero Él ya está cansado, ya no ve esas imágenes con claridad, de hecho le parece ver como un haz de luz pasando por la cara de esa mujer. Sentado, desconcertado, en realidad es en su cara que pasa el haz de luz. En su cara y en todo el lugar, porque la policía se ve que lo vio y lo vino a ayudar. No, se equivocan señores, no es a mí, suéltenme. Allá adentro, el de los borcegos. Alguien lo tuvo que haber visto. Lo vengo siguiendo desde…
Pateado en el culo por la fuerza pública, entra en una celda que parece adherírsele al cuerpo. Pero él lucha por sacársela de encima. Camina, camina, camina. Camina y piensa, camina y huye. Y no puede huir. Sólo ve en flashes los últimos momentos de esa mujer que además cree haber visto en algún lado, sólo la ve cada vez más derrotada, más golpeada, ya sin fuerza para pelear. Siente su desteñimiento en la propia piel, en las manos y en la cara, es como si él mismo chorreara lo que chorreó ella. El mismo cae como cayo ella. Y ahí lo ve. Otra vez esos borcegos, ahora tan cerca de él. Son los suyos (tu tuc-tu tuc el corazón) son los suyos. Y ahí siente cómo la muerte le acaricia la espalda, comadronamente (tu tuc tu tuc tu tuc). Y rebobinando la historia, ahora puede ver la película entera (tuctutuctutuctutuc), exactamente lo que vio al comienzo de la noche pero ahora el protagonista es él, que otra vez llega tarde a casa y otra vez la mujer está harta y otra vez cocinó y limpió y trabajó al pedo y otra vez discuten y otra vez se hieren y rebolean cosas, pensando que la rutina enjabona los insultos o da derecho a subir la apuesta… otra vez. Pero no, es imposible vaselinar las palabras, ella nunca lo entendió. Mucho menos los golpes, él tampoco lo entendió. Hasta ahora. Apenas iluminado por la luz callejera también atrapada entre los barrotes, llora acariciando una cabeza que tenía entre sus brazos hacía apenas una hora. Y su corazón sobreexigido llega al límite.
NOTA 2: Al video le falta justo la parte en la que la música te tritura, a partir del 10:04 (cuando ve de quien son los borcegos); y en la que se te va el alma, a partir del 11:21 y sobre todo del 11:27 (que a el tambien se le va).
Dios, soy una enferma...
Dios, soy una enferma...