LO QUE SIGUE A CONTINUACION NO ESTA ARMADO. ESTA CHICA NI SIQUIERA ME DIJO HOLA PREVIAMENTE.
Copyandpaste, hasta conserva los errores de tipeo originales, que dan fe de su... eso.
*bueno, no conserva errores ni el "polakita dijo/vol de nuit dijo", porque mi computadora se me hizo la loca y no guardó la conversación. Así que recurrí al blog de la colega-coautora-coparticipe (http://invisiblemente.blogspot.com son die pesito por el chivo) y ella le habia borrado los rastros de messenger, o sea mi tipicamente horrible tipeo de "hace 70 horas que no duermo"
Bueno ahí va:
EUSTOQUIO O LA REVOLUCION AMERINDIA
relato para duo, orquesta y messenger
(título opcional)
Copyandpaste, hasta conserva los errores de tipeo originales, que dan fe de su... eso.
*bueno, no conserva errores ni el "polakita dijo/vol de nuit dijo", porque mi computadora se me hizo la loca y no guardó la conversación. Así que recurrí al blog de la colega-coautora-coparticipe (http://invisiblemente.blogspot.com son die pesito por el chivo) y ella le habia borrado los rastros de messenger, o sea mi tipicamente horrible tipeo de "hace 70 horas que no duermo"
Bueno ahí va:
EUSTOQUIO O LA REVOLUCION AMERINDIA
relato para duo, orquesta y messenger
(título opcional)
Eustoquio Álvarez se afeitaba aquella mañana pensando en su madre. Lo había nombrado Eustoquio a causa de un patriota argentino que nadie sabía muy bien quién era, aunque tenía una calle con su nombre que nadie sabía muy bien dónde quedaba.
Mientras pensaba, se afeitaba dijimos, bueno, el se olvidó que se estaba afeitando. Cuando se acordó ya se había pasado la maquinita por 3/4 de la cabeza, en forma horizontal, vertical y oblicua tirando al noreste.
A él siempre le habia parecido un misterio su nombre. Al verse asi despelechado, recordó el primer día que llegó a su primer trabajo y tuvo que decir por primera vez su nombre a mucha gente llamada Liliana y Roberto. Las mujeres quisieron darle una calurosa bienvenida diciendo "AY, NO TENES CARA DE EUSTOQUIO". Claro que fue un gesto cálido dentro de lo que permite la charla con un Eustoquio. Pero a él le cayo como adoquín de desayuno. Esa tarde viajó a casa completamente en crisis de identidad porque, ¿cómo es la cara de Eustoquio?
Se plantó frente al espejo de su placard y, no conforme con su reflejo, susurró: Eustoquio, Eustoquio, Eustoquio. Nada ocurrió. Entonces gritó: ¡EUSTOQUIO, EUSTOQUIO, EUSTOQUIO! El autor notó lo difícil que resulta escribir ese maldito nombre muchas veces seguidas, y abandonó el relato pasando a otro capítulo de la vida de...
Al día siguiente, Eustoquio amaneció mucho más relajado de lo normal. Abrió sus ojos, admiró el hermoso cielo raso que lo protegía de la urbanidad, besó a su esposa que soñaba con una sonrisa a su lado, se levantó de la cama y fue al baño para hacer sus necesidades y, de paso, afeitarse. Ahí fue donde comenzó esta historia. Porque lo anterior fue una especie de retrospectiva.
Eustoquio se había afeitado 3/4 de la cabeza, en forma horizontal, vertical y oblicua tirando al noreste. Cuando volvió a mirar su propio reflejo, ya no veía ningún Eustoquio, ya no tenía cara de Eustoquio, y bueno, demás Eustoquios.
Claro, es que ya no tenía cara. Ahora parecía más un foquito que un Eustoquio. Sin embargo, él se sintió mucho más seguro de sí mismo, más Eustoquio que nunca. Y comprendió su lejano precedente. Y se enorgulleció de su (SU, por herencia divina) calle.
Con gran seguridad tomó el peine marmolado y desdentado en igual medida y se emprolijó lo último que le quedaba de su vida anterior. El último 1/4 de aquella vida gris, de aquel tiempo lejano en el que no oía el llamado de la naturaleza.
-EUSTOQUIOOOOOOO, EUSTOQUIOOOOOOO, TE FALTA MUCHO?!
-Ahí va querida, ahí va-, contestó con una carga de testosterona en la voz que despeinó a los vecinos de 50 mts a la redonda.
Eustoquio salió del baño casi pelado y con su nuevo orgullo abrió la puerta de un manotazo (lo hubiera hecho de una patada pero la puerta del baño se abría hacia adentro), y se impuso ante el rostro indiferente de su esposa.
-¿Eustoquio está dentro?-, le preguntó la señora al propio Eustoquio, con lo que largó una sonora carcajada. Su mujer no respondió igual. Entró al baño y comenzó a buscar a Eustoquio por todos los rincones, en la bañadera, en el inodoro, el botiquín, etc. En el bidette también.
Eustoquio le dijo que bueno, querida, ya fue, estoy un poco raro, pero no pasa nada. Su mujer le cerró la puerta del baño de un portazo y Eustoquio escuchó un suspiro y un "Eustequiooo, querido, estabas acá", mientras acariciaba un rollo de papel higiénico.
Eustoquio primero quiso abrir la puerta del baño, pero no encontró picaporte. Pensó "no, con el rollo de papel higiénico, no". Pero entonces Eustoquio estafador (estafador según el primero) dijo algo como "ohhhh, capullito de alelí, que bella estás hoy", y a Eustequio primero se le hinchó la vena de la frente, esa que está cerca de la sien, y quiso derribar la puerta, pero ya no había puerta. Eustoquio quiso agarrarse de los pelos, pero ya no tenía pelos (bueno, esto había quedado claro desde un principio, pero Eustoquio estaba ya muy mareado. Y con ese 1/4 despreciable no había forma de drenar tanta emoción. Es sabido que se necesita al menos 1/2 peluca para tal propósito).
Eustoquio entonces pensó, excavó en lo más recóndito de su mente, intentó recordar qué fue lo que sucedió aquel día que le agarró la crisis de identidad, eso que pasó frente al espejo y el autor no quiso contar. Eustoquio se dio vuelta, a pesar de que no estaba en ninguna parte, imaginó para donde tendría que encarar si estuviera en algún lado y tuviera que girar 180°. Entonces se dio vuelta y lo vio...
El perro... la culpa de todo la tenía el perro. En general, uno le echa la culpa de todas las bajezas al perro, pero en este caso... su esposa lo amaba evidentemente. A él. Bueno, al perro también, se ve. Producto de ese amor triangular, por rendir honor a ese amor o mnemotécnica le puso Eustoquio al perro. No había forma de llamarlo a tiempo para nada. Es un nombre de persona y se supone que uno no debe llamarle la atención a una persona mientras se desgracia en las begonias de la vecina CON LA VECINA MIRANDO.
Además de mnemotécnico y poco práctico al llamado, es confuso ver un plato babeado con tu nombre, que además es tuyo solo porque, ¿quién carajo se va a llamar Eustoquio en toda la provincia además de vos?
El Eustoquio baboso, muy baboso y lanoso, muy lanoso, se acercó simulando perfectamente una amistad sumisa que no engañó en absoluto al Eustoquio pelado y más tendiente a seco que a baboso.
Más bien, por el nuevo brio de esa mañana en que al fin comprendia su función en el mundo, tomó 3 resoluciones (siempre es bueno tomar 3 y no 2, ni 4, por eso él pasó la mañana entera pensando cuál debia ser la tercer resolución):
1) suspender el papel higiénico
2) reducir el nombre de Eustoquio-baboso-y-lanoso a simplemente Eusto. (Esta resolución se modificaría en pocas horas debido a la gimnasia que significaba decir Eustoeustoeusto, tomatomatoma).
3) (Luego de la primera enmienda de la segunda resolución), echar al perro a la mierda.
Al final de la noche quedarían los dos afuera. El perro echado por el hombre, el hombre por la mujer (y el fin de semana la mujer echada por los hijos en edad de festejar: Eustoquio Segundo y Eustoquio Trinidad).
Así, el Eustoquio primo (Eustoquio primo de quién? No, no, animal, primo de primero), se vio pelado y en la calle, pero eso sí: más Eustoquio que nunca.
Por lo que buscó su calle, no la encontró, pero sí encontró una, algo así como Eustoquio surubí, que fue mejor que nada, y ahí empezó su campaña, porque esa mañana frente al espejo tuvo bien claro una cosa: era inaplazable el comienzo de su campaña. Después vemos campaña de qué o contra qué.
Ahi nomas, parado junto al cartel de Eustoquio surubi, respiró profundo y empezó y lo cago un pájaro justo en el 1/4 restante.
Mientras pensaba, se afeitaba dijimos, bueno, el se olvidó que se estaba afeitando. Cuando se acordó ya se había pasado la maquinita por 3/4 de la cabeza, en forma horizontal, vertical y oblicua tirando al noreste.
A él siempre le habia parecido un misterio su nombre. Al verse asi despelechado, recordó el primer día que llegó a su primer trabajo y tuvo que decir por primera vez su nombre a mucha gente llamada Liliana y Roberto. Las mujeres quisieron darle una calurosa bienvenida diciendo "AY, NO TENES CARA DE EUSTOQUIO". Claro que fue un gesto cálido dentro de lo que permite la charla con un Eustoquio. Pero a él le cayo como adoquín de desayuno. Esa tarde viajó a casa completamente en crisis de identidad porque, ¿cómo es la cara de Eustoquio?
Se plantó frente al espejo de su placard y, no conforme con su reflejo, susurró: Eustoquio, Eustoquio, Eustoquio. Nada ocurrió. Entonces gritó: ¡EUSTOQUIO, EUSTOQUIO, EUSTOQUIO! El autor notó lo difícil que resulta escribir ese maldito nombre muchas veces seguidas, y abandonó el relato pasando a otro capítulo de la vida de...
Al día siguiente, Eustoquio amaneció mucho más relajado de lo normal. Abrió sus ojos, admiró el hermoso cielo raso que lo protegía de la urbanidad, besó a su esposa que soñaba con una sonrisa a su lado, se levantó de la cama y fue al baño para hacer sus necesidades y, de paso, afeitarse. Ahí fue donde comenzó esta historia. Porque lo anterior fue una especie de retrospectiva.
Eustoquio se había afeitado 3/4 de la cabeza, en forma horizontal, vertical y oblicua tirando al noreste. Cuando volvió a mirar su propio reflejo, ya no veía ningún Eustoquio, ya no tenía cara de Eustoquio, y bueno, demás Eustoquios.
Claro, es que ya no tenía cara. Ahora parecía más un foquito que un Eustoquio. Sin embargo, él se sintió mucho más seguro de sí mismo, más Eustoquio que nunca. Y comprendió su lejano precedente. Y se enorgulleció de su (SU, por herencia divina) calle.
Con gran seguridad tomó el peine marmolado y desdentado en igual medida y se emprolijó lo último que le quedaba de su vida anterior. El último 1/4 de aquella vida gris, de aquel tiempo lejano en el que no oía el llamado de la naturaleza.
-EUSTOQUIOOOOOOO, EUSTOQUIOOOOOOO, TE FALTA MUCHO?!
-Ahí va querida, ahí va-, contestó con una carga de testosterona en la voz que despeinó a los vecinos de 50 mts a la redonda.
Eustoquio salió del baño casi pelado y con su nuevo orgullo abrió la puerta de un manotazo (lo hubiera hecho de una patada pero la puerta del baño se abría hacia adentro), y se impuso ante el rostro indiferente de su esposa.
-¿Eustoquio está dentro?-, le preguntó la señora al propio Eustoquio, con lo que largó una sonora carcajada. Su mujer no respondió igual. Entró al baño y comenzó a buscar a Eustoquio por todos los rincones, en la bañadera, en el inodoro, el botiquín, etc. En el bidette también.
Eustoquio le dijo que bueno, querida, ya fue, estoy un poco raro, pero no pasa nada. Su mujer le cerró la puerta del baño de un portazo y Eustoquio escuchó un suspiro y un "Eustequiooo, querido, estabas acá", mientras acariciaba un rollo de papel higiénico.
Eustoquio primero quiso abrir la puerta del baño, pero no encontró picaporte. Pensó "no, con el rollo de papel higiénico, no". Pero entonces Eustoquio estafador (estafador según el primero) dijo algo como "ohhhh, capullito de alelí, que bella estás hoy", y a Eustequio primero se le hinchó la vena de la frente, esa que está cerca de la sien, y quiso derribar la puerta, pero ya no había puerta. Eustoquio quiso agarrarse de los pelos, pero ya no tenía pelos (bueno, esto había quedado claro desde un principio, pero Eustoquio estaba ya muy mareado. Y con ese 1/4 despreciable no había forma de drenar tanta emoción. Es sabido que se necesita al menos 1/2 peluca para tal propósito).
Eustoquio entonces pensó, excavó en lo más recóndito de su mente, intentó recordar qué fue lo que sucedió aquel día que le agarró la crisis de identidad, eso que pasó frente al espejo y el autor no quiso contar. Eustoquio se dio vuelta, a pesar de que no estaba en ninguna parte, imaginó para donde tendría que encarar si estuviera en algún lado y tuviera que girar 180°. Entonces se dio vuelta y lo vio...
El perro... la culpa de todo la tenía el perro. En general, uno le echa la culpa de todas las bajezas al perro, pero en este caso... su esposa lo amaba evidentemente. A él. Bueno, al perro también, se ve. Producto de ese amor triangular, por rendir honor a ese amor o mnemotécnica le puso Eustoquio al perro. No había forma de llamarlo a tiempo para nada. Es un nombre de persona y se supone que uno no debe llamarle la atención a una persona mientras se desgracia en las begonias de la vecina CON LA VECINA MIRANDO.
Además de mnemotécnico y poco práctico al llamado, es confuso ver un plato babeado con tu nombre, que además es tuyo solo porque, ¿quién carajo se va a llamar Eustoquio en toda la provincia además de vos?
El Eustoquio baboso, muy baboso y lanoso, muy lanoso, se acercó simulando perfectamente una amistad sumisa que no engañó en absoluto al Eustoquio pelado y más tendiente a seco que a baboso.
Más bien, por el nuevo brio de esa mañana en que al fin comprendia su función en el mundo, tomó 3 resoluciones (siempre es bueno tomar 3 y no 2, ni 4, por eso él pasó la mañana entera pensando cuál debia ser la tercer resolución):
1) suspender el papel higiénico
2) reducir el nombre de Eustoquio-baboso-y-lanoso a simplemente Eusto. (Esta resolución se modificaría en pocas horas debido a la gimnasia que significaba decir Eustoeustoeusto, tomatomatoma).
3) (Luego de la primera enmienda de la segunda resolución), echar al perro a la mierda.
Al final de la noche quedarían los dos afuera. El perro echado por el hombre, el hombre por la mujer (y el fin de semana la mujer echada por los hijos en edad de festejar: Eustoquio Segundo y Eustoquio Trinidad).
Así, el Eustoquio primo (Eustoquio primo de quién? No, no, animal, primo de primero), se vio pelado y en la calle, pero eso sí: más Eustoquio que nunca.
Por lo que buscó su calle, no la encontró, pero sí encontró una, algo así como Eustoquio surubí, que fue mejor que nada, y ahí empezó su campaña, porque esa mañana frente al espejo tuvo bien claro una cosa: era inaplazable el comienzo de su campaña. Después vemos campaña de qué o contra qué.
Ahi nomas, parado junto al cartel de Eustoquio surubi, respiró profundo y empezó y lo cago un pájaro justo en el 1/4 restante.