Estaba tenso, muy tenso, y hacía calor. Fraga llevaba o más bien prensaba un gigantesco sobre de falsa reserva, que era tan grande y brillante que llevar las radiografías en la mano habría sido menos bocina.
Viajar sentado de espaldas al camino lo empezaba a descomponer. En otra época le habría importado un comino, pero últimamente le prestaba mucha atención a esos síntomas. Quería ganarles a los que le hablaban de edad y recaudo, inclusive al Fraga que lo retaba todas las mañanas desde el espejo del botiquín. Quería probar que él era Autosuficiente, que se sentía bien y lo demás eran pavadas, que era estúpida esa forma de mirarlo y despedirlo como temiendo un desmayo en el más solitario de sus momentos. La verdad, lo horrorizaba la idea de usar de bastón a su hija, prefería vivir como había sido hasta ahora y que lo tiraran cuando se rompiera (“papá no digas eso!!”).
Calor de locos. Las manos le transpiraban como quinteros. El sobre iba a quedar hecho un estropajo, todo sucio, qué vergüenza entregarlo así. Fraga miraba el sobre, miraba al frente, miraba por la ventana, se miraba las manos, miraba el sobre, miraba al frente... Y en eso, un destello de sonrisa se le aferró a la cara y lo encegueció. Una sonrisa que desentonaba en su plan del día; un feliz desentono. A lo lejos (dos metros, pero en un colectivo es una lejanía dramática) había una señora de pelo perfectamente enrodetado, con su reglamentario pulovercito y ciertos toques de rojo aquí y allí que eran un elegantísimo llamado de amor indio. Y él creyó reconocer a la señora. Algo de ella lo llamaba, se le hacía familiar, despertaba un recuerdo poco definido, dormido hace muchísimo tiempo. Qué idiotez, pensó. Qué pendejo por favor ya estamos grandes, pensó. Fraga pensaba mucho. Pero no podía evitar el mirarla de reojo. Y el pensamiento atacó de nuevo: “A tu edad…" y creyó reconocer en eso al Fraga del botiquín, oxidado y lleno de remedios (ambos: el botiquín y el Fraga hincha pelotas). La volvió a mirar de frente y se volvió a enceguecer. "No podría definir si realmente la conozco o qué, pero hay algo que... pff, má' siii" dijo, y se dispuso a echar telepáticamente a su compañero de asiento, un muchacho de esos que escuchan el rock y se visten como se visten. Cuatro cuadras después, en un prodigioso gesto, el vecino metalero se levanta de su asiento mascullando, toca timbre mascullando y se baja mascullando.
Ahora Fraga no sabe qué hacer primero, pero más o menos el orden del día parece ser:
Ahora Fraga no sabe qué hacer primero, pero más o menos el orden del día parece ser:
1°) auto-felicitarse por el logro paranormal;
2°) revolear el sobre por la ventana;
3°) morderse los cachetes para disimular la sonrisa;
4°) ofrecer el asiento libre a la señora, tan parecida a su vecina de cuando tenía 13 años y vivía en Pompeya
Mientras ella se acerca (muy amable caballero, por favor señora faltaba más) él piensa “¿y si no fuera ella, qué? Yo tampoco soy el mismo de cuando tenía 13"