Patos sobraba (siempre sobran), lo que pasó realmente es que nadie sabía como conjugar la onomatopeya del pato. Si un simple beee ovino se transduce en que la oveja bala, sin ofender, entonces qué queda para el cuac con “c”, cuak con “k”, cuack con “ck” o cuec? No sólo se trata de un fonema de mayor complejidad, sino que también entran cuestiones ortográficas que deja en evidencia cuánto queda aún por hacer en pos de igualar el lenguaje. Da por tierra con 1897 congresos de la lengua con una sola pregunta: ¿un pato que dice cuac con c se entiende con uno que dice cuak con k? ¿es efectivo el esperantismo cuack con ck?
Junto al lago, los hombres de ambo blanco se mezclan con los de ambo celeste, y los de chaleco naranja con los de chaleco verde y todos unidos escarban, graban, samplean, analizan, reflectodigitalizan y perturban la paciencia de los habitantes 3 kilómetros a la redonda. Todos queriendo imprimir en hoja de fax una respuesta concreta a una pregunta que nadie se acuerda y que en realidad surgió un martes de borrachera a 15° latitud sur, 28° longitud oeste de ahí y que fue algo como “che: el perro ladra, el gato maulla… ¿Y el pato? ¿el pato qué hace?”
Desde entonces, el tema altera el orden público valiéndose de borrachos, redes sociales y periodistas sin una mejor historia. Si hasta ha llegado al escritorio del mismísimo Algún Presidente! desde ese día ya no hay sala de espera, taxista o pato que zafe del perturbador asunto. Surgieron escuelas de pensamiento y razonamientos tan lógicos como opuestos.
¡Y total que resolverlo fue sólo cuestión de dar con la persona indicada! Bastó con que el gastado tema de congreso de sobremesa fuera oido por el primo Juan Manuel recién llegado de no se dónde, una de esas personas que completa de memoria cualquier crucigrama. Nuestro héroe se puso en marcha de inmediato y en su gesta no dudó en encender el auto, esquivar al tío (el dueño del rodado) con una apremiante e ininteligible seguidilla de vocales y sortear los chancletazos, casi por respeto al tío porque qué le podían hacer las chancletas al parabrisas. Una bandada de urracas (porque si hubiera sido una de patos ya sería estúpido, no?) lo vio tomar el camino hasta el lago y, sin siquiera mirar las luces y advertencias del tablero del auto o de gendarmería, volteó todos los conitos naranjas y, dando una vuelta carnero, salió del auto que iba en bajada al grito de “PARPAR! LO QUE HACE EL PATO ES PARPAR!”
… y nadie entendió lo que decía, porque en realidad nunca antes habían oido esa palabra
¡Pero es verdad! ¡el pato parpa!
Junto al lago, los hombres de ambo blanco se mezclan con los de ambo celeste, y los de chaleco naranja con los de chaleco verde y todos unidos escarban, graban, samplean, analizan, reflectodigitalizan y perturban la paciencia de los habitantes 3 kilómetros a la redonda. Todos queriendo imprimir en hoja de fax una respuesta concreta a una pregunta que nadie se acuerda y que en realidad surgió un martes de borrachera a 15° latitud sur, 28° longitud oeste de ahí y que fue algo como “che: el perro ladra, el gato maulla… ¿Y el pato? ¿el pato qué hace?”
Desde entonces, el tema altera el orden público valiéndose de borrachos, redes sociales y periodistas sin una mejor historia. Si hasta ha llegado al escritorio del mismísimo Algún Presidente! desde ese día ya no hay sala de espera, taxista o pato que zafe del perturbador asunto. Surgieron escuelas de pensamiento y razonamientos tan lógicos como opuestos.
¡Y total que resolverlo fue sólo cuestión de dar con la persona indicada! Bastó con que el gastado tema de congreso de sobremesa fuera oido por el primo Juan Manuel recién llegado de no se dónde, una de esas personas que completa de memoria cualquier crucigrama. Nuestro héroe se puso en marcha de inmediato y en su gesta no dudó en encender el auto, esquivar al tío (el dueño del rodado) con una apremiante e ininteligible seguidilla de vocales y sortear los chancletazos, casi por respeto al tío porque qué le podían hacer las chancletas al parabrisas. Una bandada de urracas (porque si hubiera sido una de patos ya sería estúpido, no?) lo vio tomar el camino hasta el lago y, sin siquiera mirar las luces y advertencias del tablero del auto o de gendarmería, volteó todos los conitos naranjas y, dando una vuelta carnero, salió del auto que iba en bajada al grito de “PARPAR! LO QUE HACE EL PATO ES PARPAR!”
… y nadie entendió lo que decía, porque en realidad nunca antes habían oido esa palabra
¡Pero es verdad! ¡el pato parpa!