SOBREVOLADO

Pasan los autos, pasa la gente, pasa y vuelve a pasar el mismo paseador de perros y cada latido nuevo es una nueva esperanza que no contradice a la anterior. Así construye un castillo de latidos como de naipes y está seguro ahí adentro, desmereciendo al viento porque ya se siente poco más que una hoja de magnolia. Piensa que el ladrillo podrá ser más fuerte que la madera o que el heno, pero que en esa dimensión el viento ya no sopla como cuando uno es chiquito y flameable. Entonces qué importa.