cadaveres exquisitos
Había una vez una mesa cuadrada con tres patas y una gran simpatía por los borrachos melancólicos. Entonces tres de los patos decidieron ir a la lustradora y pedir turno, pero en el camino ella los llamó y les advirtió. Y fue justo en ese momento que todos los sapos gritaron a coro. Fue realmente espantoso. Justo uno metió los dedos en el enchufe. Susana, en la cocina, revolvió todo pero ya no había repollo así que no podía hacer nada.
Después de muchos kilómetros, miró a la rana y por primera vez vio ese no sé qué que le consumiría muchas noches. Claro que para que esto sucediese, se tenía que dar cinco vueltas a la plaza, subirse al skate, trepar con él la columna de alumbrado y estrellarse finalmente en la pared lateral izquierda de la Iglesia. Es que todo empezó cuando él tenía 6 años y ella le metía una pata en la oreja hasta que llamaran de la embajada. Finalmente resultó que el asesino era el antiguo mayordomo.
Érase una vez una linda jirafita enamorada del carretel de hilo azul de la abuela Raquel. A veces el debía simplificar las cosas y hacerle redondeles alrededor de la oreja. Sólo así sin necesidad de llamar al coso húmedo. Por más que se esforzaron las cosas se complicaron y la relacion se fue virtualmente al carajo. Un día bastó que Mariana (se hacía llamar así) se dispusiera a baldear el dichoso balcon para que todos ellos cantaran como gallinas.
Resulta ser la historia de una hamaca que sufría mareos. El doctor le dijo que estaba mal de la cabeza, que escribiera un diario, que seguro vendería miles. Claro que esto sucedía a menudo, no obstante Maria seguía rascándose la oreja con asiduidad. El la miró con desconfianza y muy lentamente buscó la paleta matamoscas. En ese momento se escuchó la marsellesa, oh qué misterio cómo afinaba esa polilla. Finalmente todo se tiñó de rojo y los habitantes del lugar huyeron y no regresaron jamás.
Dado que el chico era sordo y un poquitín tarado, la chica le tenía paciencia. La gente se miraba y los miraba, extrañada. Cuando todo explotó, las vacas en un campo a 50 km dieron leche violeta, pero desde ya que no siempre la cosa resultaba tan simple. A veces se complicaba y mucho. Esa noche, Juan sacó la recortada y le hizo un adorable ojal en el traje recién comprado. Cuando lo vea Margot, lo mata. Por su parte, ella tomo sus cosas y se fue.
Había una vez un chancho electrónicamente inestable que se divertía saludando a a sus vecinas con un estallido en el hall del edificio los sábados a la mañana. Claro que no era tan sencillo que esto sucediese. La más de las veces debía hacer primero equilibrio con un solo dedo en el piso elevando su pierna derecha, la cual sostenía una bandeja con media docena de vasos llenos de Nesquik y la otra pierna en ángulo con el dedo gordo urgándole la oreja. Ella se confió pero el temido tono rojizo le invadió la cara sin permiso un día lluvioso. Pero aún así fueron felices y comieron perdices y a mi no me dieron porque son unos miserables.
Había una vez una mesa cuadrada con tres patas y una gran simpatía por los borrachos melancólicos. Entonces tres de los patos decidieron ir a la lustradora y pedir turno, pero en el camino ella los llamó y les advirtió. Y fue justo en ese momento que todos los sapos gritaron a coro. Fue realmente espantoso. Justo uno metió los dedos en el enchufe. Susana, en la cocina, revolvió todo pero ya no había repollo así que no podía hacer nada.
Después de muchos kilómetros, miró a la rana y por primera vez vio ese no sé qué que le consumiría muchas noches. Claro que para que esto sucediese, se tenía que dar cinco vueltas a la plaza, subirse al skate, trepar con él la columna de alumbrado y estrellarse finalmente en la pared lateral izquierda de la Iglesia. Es que todo empezó cuando él tenía 6 años y ella le metía una pata en la oreja hasta que llamaran de la embajada. Finalmente resultó que el asesino era el antiguo mayordomo.
Érase una vez una linda jirafita enamorada del carretel de hilo azul de la abuela Raquel. A veces el debía simplificar las cosas y hacerle redondeles alrededor de la oreja. Sólo así sin necesidad de llamar al coso húmedo. Por más que se esforzaron las cosas se complicaron y la relacion se fue virtualmente al carajo. Un día bastó que Mariana (se hacía llamar así) se dispusiera a baldear el dichoso balcon para que todos ellos cantaran como gallinas.
Resulta ser la historia de una hamaca que sufría mareos. El doctor le dijo que estaba mal de la cabeza, que escribiera un diario, que seguro vendería miles. Claro que esto sucedía a menudo, no obstante Maria seguía rascándose la oreja con asiduidad. El la miró con desconfianza y muy lentamente buscó la paleta matamoscas. En ese momento se escuchó la marsellesa, oh qué misterio cómo afinaba esa polilla. Finalmente todo se tiñó de rojo y los habitantes del lugar huyeron y no regresaron jamás.
Dado que el chico era sordo y un poquitín tarado, la chica le tenía paciencia. La gente se miraba y los miraba, extrañada. Cuando todo explotó, las vacas en un campo a 50 km dieron leche violeta, pero desde ya que no siempre la cosa resultaba tan simple. A veces se complicaba y mucho. Esa noche, Juan sacó la recortada y le hizo un adorable ojal en el traje recién comprado. Cuando lo vea Margot, lo mata. Por su parte, ella tomo sus cosas y se fue.
Había una vez un chancho electrónicamente inestable que se divertía saludando a a sus vecinas con un estallido en el hall del edificio los sábados a la mañana. Claro que no era tan sencillo que esto sucediese. La más de las veces debía hacer primero equilibrio con un solo dedo en el piso elevando su pierna derecha, la cual sostenía una bandeja con media docena de vasos llenos de Nesquik y la otra pierna en ángulo con el dedo gordo urgándole la oreja. Ella se confió pero el temido tono rojizo le invadió la cara sin permiso un día lluvioso. Pero aún así fueron felices y comieron perdices y a mi no me dieron porque son unos miserables.