LA PRIMER PIEZA

Al subir al colectivo, Prometeo, que está viejo y cansado, busca un lugar. Aun si toma uno vacío, como en este caso, el gigante debe siempre viajar parado. Un chico andrajoso le deja espacio en la zona de discapacitados. Y al parecer también debe viajar parado, cosa que sorprende a Prometeo a pesar de que hace tiempo ya que da vueltas por este mundo.
Como si la realidad se hubiera desfasado, Prometeo interrumpe esas meditaciones al notar que el colectivo en algún momento se llenó. Y ve que enfrente suyo hay un hombre por el que siente empatía inmediatamente. Y curiosidad, ganas de hacerlo hablar, de conocer qué hace y escuchar sobre alguna actividad intelectual rudimentaria. Y un impulso claro de ensortijarse los dedos en el pelo de este hombre.
Prometeo saborea cada uno de sus detalles, sus 43 canas, su escocés en la camisa y su mancha blancuzca en el codo. Ve su piel imperfecta: la arcilla aun conserva sus pedregullos. Entonces Prometeo inspira profundo y disfruta ese encuentro secreto, bajo la clave de una constelación en el pómulo de su primogénito, que a pesar estar viejo y cansado como él, sigue existiendo y sigue siendo especial